Tercero de una serie sobre lo que el cuerpo sabe antes que la mente
Hay un dolor de estómago antes de una conversación temida. Una tensión en la nuca que se instala en las semanas malas y se va sin que sepamos cómo. Comer sin hambre, o no poder comer. Un cansancio que ningún análisis explica. El cuerpo, muchas veces, dice algo. Y lo dice precisamente cuando las palabras no llegan.
No hablo de inventarse enfermedades ni de que “todo sea psicológico” —una idea perezosa que conviene descartar—. Hablo de algo más preciso y más respetuoso con el cuerpo: que cuando una emoción no encuentra forma de pensarse y decirse, no desaparece. Toma otra vía. Y a veces esa vía es física.
Lo que no llega a palabra busca otra salida
La psicoanalista Joyce McDougall lo formuló con una imagen que da título a uno de sus libros: los teatros del cuerpo. La idea es que el cuerpo se convierte en escenario cuando la mente no dispone todavía de un lenguaje para lo que ocurre. Lo que no puede ser sentido como emoción, nombrado y pensado, se representa en el cuerpo en forma de síntoma, de tensión, de conducta.
Esto pasa, sobre todo, con aquello que es demasiado temprano o demasiado intenso para haber sido alguna vez puesto en palabras. Las emociones que aprendimos a no registrar, las que en nuestra historia no tuvieron quien las nombrara, no se archivan: se quedan sin traducir. Y lo que no se traduce a palabra tiende a expresarse por el único canal que no necesita lenguaje, que es el cuerpo. No es un fallo del cuerpo. Es el cuerpo haciéndose cargo de lo que la mente no pudo procesar.
El síntoma como mensaje, no como enemigo
Esto cambia la relación con el propio malestar físico. Cuando el cuerpo insiste —la misma tensión, el mismo dolor sin causa clara, la misma conducta que se repite— la pregunta más útil no es solo “cómo lo elimino”, sino “qué está diciendo”. No porque haya que descifrar un código oculto, sino porque ese síntoma ocupa muchas veces el lugar de una emoción que no ha podido pensarse.
Lo característico de estas expresiones corporales es que vienen sin su emoción correspondiente. La persona siente el cuerpo —el dolor, la opresión, el impulso— pero no la tristeza, el miedo o la rabia que estarían debajo. Es como si el afecto se hubiera saltado el paso de ser sentido para ir directo a ser actuado en el cuerpo. Esta dificultad para identificar y nombrar lo que uno siente tiene nombre, alexitimia, y McDougall trabajó mucho con ella: personas perfectamente lúcidas para todo lo demás que, preguntadas por lo que sienten, solo pueden describir lo que les pasa en el cuerpo. Y el trabajo, cuando lo hay, consiste justamente en recorrer ese camino al revés: devolver al cuerpo su palabra, ayudar a que eso que se descarga en lo físico pueda por fin sentirse y nombrarse. Cuando una emoción encuentra su nombre, el cuerpo muchas veces deja de tener que cargar con ella.
Tomarse el cuerpo en serio
Mirar así el cuerpo no lo reduce a un síntoma de la mente. Al contrario: lo trata como lo que es, un lugar que sabe, que registra, que recuerda cosas que la conciencia no guarda. El cuerpo lleva la cuenta de lo que vivimos, también de lo que no pudimos pensar. Por eso a veces reacciona antes que nosotros: se tensa ante alguien antes de que sepamos por qué nos incomoda, se relaja con una persona antes de que decidamos que nos fiamos.
No se trata de psicologizar cada molestia ni de buscarle un significado oculto a un resfriado. Se trata de no separar tan tajantemente lo que sentimos de lo que nos pasa en el cuerpo, porque casi nunca van por caminos distintos. Escuchar el cuerpo —cuándo se cierra, cuándo se afloja, qué evita, qué busca— es escuchar una parte de nosotros que habla incluso cuando hemos enmudecido.
Y conviene decir una cosa más. Ese camino de vuelta —del síntoma a la emoción, de la emoción a la palabra— casi nunca se recorre solo. Y no por debilidad: por lógica. Lo que se quedó sin traducir se quedó así, precisamente, porque no hubo quien lo nombrara; para traducirse ahora necesita lo mismo que le faltó entonces, otro que escuche. Alguien que reciba el síntoma sin reducirlo ni descartarlo, y que preste palabras —las suyas, provisionales— hasta que uno encuentre las propias. A veces es un terapeuta, a veces alguien que simplemente sabe escuchar sin apurar. El cuerpo empezó a cargar con esto en una relación donde faltó algo; suele empezar a soltarlo, también, dentro de una relación donde eso ya no falta.
En ningún sitio ese lenguaje sin palabras es tan elocuente como en la intimidad. Un cuerpo que no se deja tocar está diciendo mucho.
Esperanza Vázquez Blanco — Psicóloga Forense y Psicoanalista
