Primero de una serie sobre lo que el cuerpo sabe antes que la mente
A un bebé que llora no se le explica nada. Se le coge, se le mece, se le acerca al pecho, se le habla bajito aunque no entienda las palabras. Y se calma. No porque haya comprendido, sino porque algo en su cuerpo —el latido de quien lo sostiene, el balanceo, el calor, una respiración más lenta que la suya— le ha prestado una regulación que él todavía no tiene. Antes de que exista el amor, existe esto: dos cuerpos que se sincronizan para que uno de los dos pueda calmarse.
Solemos pensar el apego como un asunto del corazón o de la mente: a quién queremos, en quién confiamos, qué esperamos de los demás. Pero antes de todo eso, el apego es una experiencia física. Es lo primero que aprendemos, y lo aprendemos sin palabras.
La seguridad fue primero una temperatura
Winnicott, que era pediatra antes que psicoanalista y por eso miró a los bebés con los ojos puestos en el cuerpo, describió el cuidado temprano con dos palabras sencillas: sostener y manipular. El sostén —cómo se toma en brazos a una criatura, con qué firmeza, con qué seguridad— y el manejo —cómo se la lava, se la viste, se la mueve—. No hablaba de gestos de cariño abstractos. Hablaba de manos. De la diferencia enorme que hay entre unas manos que sostienen con confianza y unas que dudan, entre un cuerpo adulto tranquilo y uno tenso que transmite su alarma sin querer.
Para que ese sostén sea posible, Winnicott describió un estado curioso por el que pasa quien cuida a un recién nacido: una sintonía tan fina con el bebé que llega casi a leer su cuerpo como si fuera el propio. Lo llamó preocupación materna primaria —una entrega de las primeras semanas en la que el adulto queda exquisitamente atento a las señales mínimas de la criatura, antes incluso de que haya gestos o palabras que interpretar—. No es instinto ni magia: es un cuerpo disponible que aprende a descifrar a otro a fuerza de estar cerca.
Lo que Winnicott vio es que esa experiencia corporal es la materia con la que se construye después todo lo demás. El niño que fue sostenido de forma fiable, una y otra vez, aprende en el cuerpo —no en la cabeza— que el mundo es un lugar que sostiene. Esa certeza no llega como una idea. Llega como una sensación de fondo, casi como un clima interior, que más tarde se llamará confianza, seguridad, calma. Pero primero fue piel, peso, temperatura, ritmo.
Seguimos buscando lo mismo
Lo interesante es que esto no se queda en la infancia. De adultos seguimos regulándonos a través de otros cuerpos, aunque lo contemos de otra manera.
Cuando alguien que lo está pasando mal dice “solo necesitaba un abrazo”, no es una forma de hablar: es exacto. El contacto baja el ritmo cardíaco, afloja la respiración, calma el sistema de alarma, igual que el balanceo calmaba al bebé. Cuando dormimos mejor al lado de alguien, cuando una voz conocida al teléfono nos desarma de golpe, cuando la sola presencia física de cierta persona nos ordena por dentro, está ocurriendo lo mismo que ocurría al principio de la vida. Buscamos en el otro una regulación que nos cuesta darnos solos.
Por eso la soledad, cuando duele, no duele solo en lo emocional: duele en el cuerpo, literalmente. Y por eso perder a alguien con quien nos regulábamos descoloca también físicamente —se duerme peor, se come distinto, el cuerpo no encuentra su ritmo—. No estábamos unidos solo por afecto. Estábamos, de algún modo, regulándonos el uno al otro.
Lo que esto cambia
Mirar el apego desde el cuerpo cambia algunas cosas. Hace menos extraño que personas muy inteligentes “sepan” que una relación no les conviene y aun así no puedan soltarla: porque el saber está en la cabeza, pero el vínculo está en el cuerpo, y el cuerpo aprendió a regularse ahí. Hace más comprensible que la calma no llegue por convencerse de que todo está bien, sino por experiencias —presencia, contacto, ritmos compartidos— que el cuerpo registra antes de que la mente las nombre.
Y conviene decir, porque alivia y porque es verdad, que nada de esto exige perfección. Winnicott hablaba de una madre suficientemente buena, no de una madre perfecta: la que acierta lo bastante, no siempre. El cuidado que construye seguridad no es el que nunca falla, sino el que es fiable —el que, en conjunto y a lo largo del tiempo, sostiene—. Los fallos pequeños, cuando hay un fondo de cuidado seguro, no rompen nada; incluso enseñan al niño que el mundo se repara.
Y deja una pregunta que vale para cualquiera, no solo para quien va a terapia: ¿dónde, y con quién, encuentra mi cuerpo su regulación? Porque la respuesta dice más sobre nuestros vínculos de lo que solemos reconocer.
Pero ese mismo cuerpo que busca al otro necesita, a la vez, saber dónde termina. Y esa primera frontera —dónde acabo yo y empiezas tú— también se dibuja en la piel.
Esperanza Vázquez Blanco — Psicóloga Forense y Psicoanalista
